miércoles, 2 de octubre de 2019

Aquellos Mis Maravillosos Años: En el colegio… del tema sexual y otros menesteres

 




De mis tiempos del colegio no guardo más que buenos recuerdos, amigos de los de verdad, conocimientos académicos… y también, aprendizaje de la vida. Una vez se murió el padre de unos de los hermanos del colegio, y como era nuestro tutor y muy apreciado ente sus alumnos, fuimos casi toda la clase y otros estudiantes y profesores al pueblo paterno, que se encontraba a unos 100 km de distancia. Después del funeral, un amigo y yo deambulábamos por la plaza mayor esperando la hora de volver, cuando se nos acerca el jefe de estudios y nos dice: “Cerezo, Ruiz, vamos al bar que les invito a un refresco”. Nosotros declinamos la invitación y una vez se fue nos miramos: “¿pero no estamos de entierro?, ¿se puede ir de bares estando de duelo?” Y fue entonces cuando descubrimos la falsedad de los funerales. Porque en España se te disculpa no ir a las BBCs (bodas, bautizos y comuniones) pero no se perdona que faltes a un sepelio. Y eso que, en los funerales aparte de los familiares más cercanos, que suelen estar afligidos, el resto son meros figurantes. De hecho, hay veces que hay más animación en la cafetería del tanatorio que en las fiestas de un pueblo de la España vaciada. Tengo que reconocer, que incluso una vez, como nos juntamos amigos de los que nos vemos poco, aprovechamos la ocasión para quedar a cenar al mes siguiente, ¡¡¡pero para pasar la aflicción eh!!! Y para muestra un botón de que los entierros no son lo que parecen, la conversación de una amiga que dio el pésame a un conocido. El diálogo debió transcurrir más o menos como sigue:

-Te acompaño en el sentimiento, de verdad que siento mucho lo de tu padre.

-Muchas gracias, se agradece el detalle.

-Y tu madre, ¿cómo está la pobre?

-Pues mi madre está estupendamente.

¡Vaya por Dios! Ya he metido la pata, la madre murió antes, pensó. Pero él añadió:

-La que está bastante dolida es la tercera esposa de mi padre…

¡Cómo ha cambiado la familia española!



El tema sexual es el que quedó un poco “cojo”, por no decir que tullido del todo. Nuestros padres confiaban en que nos los explicaran en el colegio y allí, entendían que ese asunto debía aclararse en familia. Total, que los unos por los otros y la casa sin barrer. Menos mal que siempre había alguno con hermanos mayores a quién robar las revistas porno y ver cómo era una mujer más allá de los dibujos de carácter científico que nos ponían en clase de ciencias naturales. Creo recordar que una vez proyectaron un documental explicando el tema sexual, pero me suena que salimos de la proyección como habíamos entrado.



Un día, haciendo limpieza en casa, encontré un librillo titulado algo así: “Como explicar el sexo a nuestras hijas”. Apostaría un riñón a que no existía un equivalente para los hijos, porque en aquellos tiempos era mucho más grave que te embarazaran a la niña a que el niño preñase a otra, que eso pasaba a ser problema, y deshonra, de la otra familia. Así que, con este percal no nos quedó más remedio que aprender a base de pelis porno. Y sí, chicas, a vuestros novios también les gustan por mucho que lo nieguen, y si es verdad que no, mejor que os busquéis otro. Pero como todo en esta vida, tiene sus inconvenientes. En una peli porno, empiezan por unos preliminares manuales, continúan con los orales, luego el folleteo propiamente dicho para acabar con la “traca final”. Años más tarde, un amigo, que se echó novia, nos decía que por mucho que insistiera no le quería hacer una mamada y pensó: “pues si no me la quiere chupar, de follar ni hablamos” hasta que un día, en el calentamiento, ella le dijo:” ¿no me vas a bajar las bragas?” y aquello rompió sus paradigmas. Fue entonces cuando aprendimos que para el tema sexual, no hay que llevar un “check list”, mejor dejar al instinto que ya viene aprendido.



También en esa época es cuando comienzas a empinar un poco el codo. Nuestro delegado de deportes, porque siempre fuimos muy deportistas, era un cura que, habiendo hecho votos de castidad y pobreza, para no ir directamente al santificado, tenía un pequeño vicio, que de vez en cuando le gustaba tomarse una copilla. En cuanto había una concentración deportiva aprovechaba para irse a algún bar cercano y siempre se pedía un sol y sombra…o dos. El caso es que una vez que nos queríamos hacer los machotes fuimos a una tasca Carlos, JM y yo y nos pedimos uno para cada uno. En aquellos tiempos, en que estaba bien visto mojar el chupete en anís para que los bebés durmieran mejor, a unos chavales de 13 años les servían alcohol y lo que hiciera falta. El caso es que el camarero puso 3 copas sobre la barra, sacó la botella de brandy y echó unos chorretes. En ese momento Carlos hizo ademán de coger su copa cuando el camarero sacó una botella de anís y echó otros 3 chorretes. Nos miramos como diciendo “Vamos a esperar por si todavía falta algo” y después de un rato viendo que el camarero no movía ficha, nos los bebimos. Dedujimos entonces que el sol era el anís, la sombra el brandy, y que ya no faltaba nada más. Un pasito más en el aprendizaje del adolescente, je, je, je. Una única copa fue más que suficiente para volver contentillos a casa y con la lección aprendida.



Claro está que en esta vida, lo mejor es aprender de profesionales, así que por esa época me junté con Eduardo “el borrachín” que era otro maestro como Miguel "el esponja", solo que el primero además de la clase práctica, te daba también una teórica. Eduardo, era muy amigo de Félix, un tipo que posteriormente se metió a monje de clausura, aunque luego lo dejó. ¿Os imagináis entrar en un convento en los 90 y salir 20 años después? Ponerse al día en tecnología debió de resultarle más difícil que aprender a leer y escribir. Bien, el tema es que Félix era hijo de un comandante y una mañana de julio, nos invitó a la piscina militar a pasar el día. Eduardo, que siempre investiga lo importante, nos vino con la primicia de que allí los cubatas estaban a 100 pts mientras que en la calle costaban el doble. No se podía ignorar la oferta, sin importar que fueran las 12 del mediodía. Aprovechó la oportunidad para darnos una lección sobre el ron con cola y otra del vodka con naranja. No os podéis imaginar el mareo que da tirarse de cabeza al agua con dos cubatas y nada en el estómago. Incluso las líneas esas que van pintadas por el suelo de la piscina me parecían en zig-zag. Luego por la tarde, otra lección teórico- práctica sobre el peppermint con no sé qué, de lo que sólo recuerdo que sabía a menta que tiraba para atrás. Para rematar la jornada, una sesión práctica del licor 43 con batido de chocolate, dulzón, dulzón. A las enseñanzas de Eduardo se unían las del recluta que servía en el bar, que por solidaridad, se tomaba otro copazo de lo mismo. Años después, cuando fui a la mili, me di cuenta del enchufazo que debía tener ese chico para tener un destino así. En lugar de hacer maniobras en medio de un secarral, atendiendo la cafetería del club social de oficiales. Eso sí, no se puede piropear a las chavalas porque son las hijas de los superiores y te buscas el destierro a la Legión.



Como ya os comenté en capítulos anteriores, me apunté los llamados grupos cristianos. Era costumbre de aquellos grupos, la de ir de vez en cuando de retiro espiritual y juntarse con otros  del resto de España. Los hermanos de mi congregación tenían una casa de retiro en un pueblecito perdido al norte de Castilla y León, donde aparte de retiros espirituales, era una especie de asilo para los ancianos de la orden. Como el frío conserva, las temperaturas gélidas de aquellas latitudes añadían unos cuantos años de vida a los hermanos ya retirados. Los chicos veteranos nos dijeron que era costumbre allí, subir una noche a no sé qué risco para ver amanecer, y como parecía una buena opción, allí que nos fuimos. Para no morir de congelación, algunos llevaron unas botellas de coñac que fueron cayendo entre risas y canciones. Con un poquito de alcohol en las venas y con ese espíritu fraternal que lo invadía todo, alguna cristiana caritativa encontrabas que te hiciera un hueco bien arrimadito bajo la manta que habían llevado las amigas. Incluso alguna te dejaba que metieras la mano entre sus muslos para que la calentaras…, la mano, claro. Eso sí, sobre un pantalón de pana gruesa, medias de borreguillo y braga faja a lo Bridget Jones, que no es lo mismo ver amanecer en un risco de Burgos en Semana Santa que en Ibiza en agosto. Todo sea dicho, pero eso de ver amanecer está sobrevalorado, sólo merece la pena si la compañía es la adecuada.



El resto de los días, después de la cena teníamos dos opciones, u oración del silencio, que consiste en irse por todo el convento buscando una capilla en la que meditar mientras suena canto gregoriano, o marcharte al bar del pueblo. Ahora que me he aficionado a la meditación y al “mindfulness” entiendo que la primera opción era atractiva, pero por entonces, a Eduardo y a mí nos pareció mucho mejor la segunda. Es aquí donde aprendí otra lección importante para la vida, el concepto de oferta y demanda y el efecto pernicioso de la inflación. Pongámonos en situación. El convento se encontraba a las afueras de un pueblecito de unos 50 habitantes, y de repente llegaban a él 400 jóvenes sedientos de fe y de alcohol. Como de lo primero ya estábamos bien servidos durante el día, íbamos en busca de lo segundo al único bar del pueblo, que hacía su agosto en plena Semana Santa. El primer día, los cubatas costaban 100 pts y el sobrante del refresco te lo dejaban en la botella, porque por entonces, los cubatas se servían en vasos de tubo y no en copas enormes y super chic como las de ahora. El segundo día, la copa seguía costando lo mismo, pero el refresco se compartía entre 2. Para el tercero, el coste subió a 150 pts y de nuevo el resto de refresco incluido. El cuarto día, siguiendo la secuencia, el precio se mantuvo, pero refresco compartido. Para el quinto día, no lo sabemos, pero como ya sólo quedaban los lugareños, seguro que el precio sería de 50 pts y refresco íntegro. Esta lección, me ha sido de gran utilidad en mis inversiones.



El cura que nos daba inglés, era un tipo muy majete. Además de inglés, también sabía francés, idiomas que comenzó a aprender en España pero que luego perfeccionó en el extranjero (aún así, la pronunciación no la llegó a pillar del todo). Es lo que tiene ser miembro de una congregación religiosa, que tienes más contactos a nivel mundial de los que nunca llegaré yo a tener en “Linked in”. El caso es que su formación le hizo entender lo mucho que abre la mente el viajar y siempre que pudo organizó viajes para los alumnos. Eso sí, para que se los autorizara la dirección y la APA (por entonces no era machista considerar que “padres” incluye a ambos progenitores) tenían que tener un carácter apostólico, así que las primeras veces que salí de España fue a Lourdes y a Fátima, que para un cristiano, son como Benidorm para un jubileta.



El viaje a Lourdes estuvo fenomenal. Pasamos por Andorra y yo me compré un “walk-man”, que era un símbolo de status y modernidad. De hecho, hasta salía a correr sólo por lucirlo. Nos hospedamos en un hotel con una pinta muy peculiar, paredes y techos pintados de rojo con adornos dorados y en lugar de lámparas unos farolillos chinos. Las camas no eran muebles, sino de obra, con un colchón de goma espuma encima. El resto de la decoración confirmaba nuestra sospecha de que aquello fue un puticlub en el pasado. Desde luego hay que tener poca visión empresarial, un lupanar en un lugar de peregrinaje católico. Al menos no llevó mucho gasto en reciclarlo en albergue para peregrinos. Un señor con cara de pocos amigos nos echó una bronca en francés en cuanto nos vio subiendo a gritos por la escalera.  Como respondí “no he entendido nada”, nos la repitió en español. Nos estaba gritando que nada de hacer fiestas por la noche, se ve que tenía un sueño muy ligero y no estaba allí para que Dios le curara la sordera. La basílica era muy bonita pero el mayor descubrimiento que hice fue la cerveza, ¡que rica! No sé si era por el agua bendita, pero estaba de muerte. Bebí unas cuantas, no muchas porque además de benditas costaban un riñón. En el viaje de vuelta, ya en España, cuando paramos a repostar, me pedí otra ¡y menuda decepción! Era una Mahou de las de antes, media estrella, de las que sólo bebían tipos duros como albañiles y camioneros. Un brebaje tan amargo, que después del segundo trago acabé tirándola a una maceta cercana. En el otro viaje a Fátima, quise darle otra oportunidad a la cerveza, pero descubrí que la portuguesa era incluso más amarga que la española, así que después de poner cara de asco en el primer sorbo, como no encontré otra maceta y ante el cachondeo del camarero desdentado portugués, se la tuve que dar a Esteban, un chaval que ya tenía vicios de adulto como beber y fumar. Posteriormente Esteban estudió medicina, lo cual le pega muy bien porque no conozco a gente que fume y beba más que los médicos, como están viendo muerte y enfermedad a diario, dirán que … “a vivir que son 2 días”.



Creo que estas experiencias con la cerveza me traumatizaron durante mucho tiempo porque siempre fui más de calimocho o tinto con gas que de litrona. Ahora que ya podemos comprar en España cualquier marca extranjera, me estoy redimiendo a pasos agigantados.



CONTINUARÁ…