P blo el perdedor

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Desde el mismo momento de su nacimiento, Pablo se dio cuenta de que era un perdedor. No en el sentido de fracasado sino el sentido literal de la palabra, perdía la letraa” y todo  aquello que la contuviera. Por eso, nada más nacer,  sin darse apenas cuenta la comadrona que le trajo al mundo desapareció de la sala de partos. Por suerte para él, el medico no abandonó su tarea y pudo venir al mundo sin mayores contratiempos, y a excepción de la peculiaridad comentada, sano y salvo.

Apenas vio a sus padres, porque también los perdió rápidamente, primero desapareció su madre y luego lo hizo su padre. Sus abuelos desparecieron incluso antes. Fue un tío lejano quien le cuidó, pero sólo durante un tiempo, porque viendo lo extraño que era Pablo, pronto  decidió darle en adopción. Lo intentó con unas monjas, pero enseguida cerraron el monasterio. Pensó en dejarlo con unos curas, pero nada más entrar en la iglesia, ésta se derrumbó junto al resto del claustro, quedando tan sólo en pie, el gran crucifijo que presidía el altar y que ahora estaba en medio de la nada. Después de varios intentos infructuosos, las desgracias parecieron acabarse cuando lo llevó a un hospicio, no regentado por monjas o curas, sino sostenido por las donaciones del mismísimo rey.

Su infancia no fue muy feliz. Era un niño divertido pero no entendía el porqué le ocurrían esas cosas extrañas cuando jugaba. Cuando lanzaba la peonza con todas sus fuerzas y ésta desaparecía tragada por la tierra o cuando chutaba una pelota y se perdía en el horizonte, como si fuera a hacer gol al propio arco iris. Él nunca le dio demasiada importancia y se ponía a jugar con otras cosas, como un fusil de juguete, el discóbolo, o con lo que más le entretenía, los columpios. Siempre juegos a los que podía jugar él solo, porque casi todos los demás niños lo trataban como a un bicho raro. Cuando estaban en el comedor, también le ocurrían cosas curiosas que a veces eran la mofa del resto de los niños. De su plato, siempre desaparecían casi todas las verduras y la sopa se evaporaba. Él solo tenía que comer algún puré, la coliflor y los filetes, pero sólo los de cerdo porque los de pavo o ternera se volatilizaban sin explicación. Al menos en Navidad, cuando tocaba cena especial y haa cordero, podía comérse todo lo que le ponían en el plato.

 Pasaban los años y Pablo, siempre sonriente, a veces se sentía muy solo. Muchos niños haan entrado en el hospicio, pero en cuanto intentaba entablar conversación con ellos desaparecían. A Juan y a Marta, dos mellizos de su misma edad, los adoptó un matrimonio adinerado que podía mantener a ambos, así los hermanos permanecerían juntos. Maa, se marchó muy lejos con una pareja extranjera, igual que sucedió con Adrián, que paa formar parte de la familia del terrateniente del pueblo colindante. Al menos le quedaba el consuelo de compartir algún juego esporádico con Sergio y José, los que más tardaron en ser adoptados.

Un día, ya de adolescente, conoció a una muchacha especial. Se trataba de la hija de unos granjeros que se habían acercado a donar ropa usada y algunos enseres que ya no necesitaban. Nada más verla, con los pies colgando en la parte trasera del carro que guiaba su padre, supo que aquella niña era especial. No sabría describirlo, pero le hacía, que sentimientos nunca antes experimentados inundaran su cuerpo. Hasta entonces había sentido miedo, rencor, a veces fe, en ocasiones egoísmo, de tarde en tarde deseo…, pero con aquella muchacha delante empezó a experimentar amistad, un toque de alegría, y hasta una pizca  de duda. Esta adolecente se llamaba Ágata, por su abuela paterna, Blanca, por su madre y Amanda por una tía monja que rezó todo lo que sabía para que su madre consiguiera quedarse embarazada de ella. Ágata Blanca Amanda, más conocida por Gata, era una niña muy tímida, sus padres la tenían por autista, porque apenas hablaba unas pocas palabras: mamá, papá, casa, cama, incluso palabras muy raras para una niña de su edad como: cañada, palanca, cataplasma, abracadabra… Su padre, descubrió sorprendido, que en presencia de aquél chaval, su comportamiento era muy cuerdo y más propio de su edad, por lo que no tuvo inconveniente en que se vieran a menudo y jugaran juntos. Incluso el doctor del hospicio determinó, que como la niña era superlativa en aes, ambos hacían una pareja muy compensada.

Pasó el tiempo y Pablo fue descubriendo nuevos sentimientos cuando estaba junto a Gata. Lo que inicialmente fue alegría y amistad, llegó un momento en que se convirtió en amor, no sin un toque de locura como corresponde al amor adolescente. A veces se enfadaban por alguna tontería  y se alejaban. Cuando no estaban juntos volvían a encontrarse raros, como se sentían antes de conocerse, Pablo volvía a experimentar fenómenos extraños a su alrededor, perdía sus alpargatas, extraviaba la cartera, no encontraba su camisa… y Gata se olvidaba de hablar con las personas que la rodeaban. Todas estas sensaciones tan extrañas cuando estaban separados, les hicieron unirse aún más y darse cuenta de que nadie les haría sentir nunca lo que le hacía sentir el otro. Un día soleado de primavera se casaron y como en los cuentos, fueron felices pero no comieron perdices, porque Pablo las tenía manía de tanto probarlas, sino que se hartaron de comer patatas, calabaza y alcachofas.

 ¡Ah, se me olvidaba! También tuvieron dos hijos, un niño y una niña., que para evitar problemas futuros, decidieron llamarlos, Jesús y Esther.