Aquellos MIS Maravillosos Años: Llegó el verano

 


Los veranos de la infancia son siempre maravillosos, mucho tiempo libre y nula responsabilidad. La mayor parte de ellos los pasábamos en la piscina del club social de la empresa donde trabajaba mi padre. Casi cada tarde, allí nos llevaba mi madre a mi hermana y a mí. Eran otros tiempos y a los dermatólogos ni se les escuchaba, así que pasábamos horas y horas a la intemperie, sin importarnos la radiación solar. Cada verano yo me pelaba y lo encontrábamos tan natural, también las lagartijas mudan la piel de vez en cuando, así que en los humanos, eso debía ser también lo razonable.



Creo que fue el verano en que cumplí 4 años cuando decidieron apuntarme a un curso de natación. A mí me gustaba, y me sigue gustando mucho el agua, pero de chavalín, sólo donde hacia pie. Recuerdo que las clases “teóricas” las llevaba bien. Consistían simplemente en agarrarse al borde de la piscina y batir los pies con fuerza, o en bracear mientras estabas sujeto por un flotador de esos de poliespán con forma de huevo atado a la espalda. Todo ello en la piscina de “los niños”, donde si te cansabas, podías ir andando porque cubría menos de 1 metro.



Al acabar el curso llegaba el “examen final”, que consistía en atravesar la piscina olímpica. Para dar facilidades, creo que se podía hacer agarrado a una especia de salvavidas de plástico. Cuando llegó mi turno en la cola, me subí al borde de la piscina, miré hacia abajo y vi que había 5 ó 6 metros de profundidad y que el otro extremo me parecía más lejano que a Colón el Nuevo Mundo. El salvavidas era en forma de “h” de patas cilíndricas y lo encontré demasiado resbaladizo como para que mi flotabilidad dependiera de aquello. Supongo, que a fuerza de unos buenos pucheros y que lloraría a pleno pulmón, conseguí que mi madre dejara de animarme a  que me zambullera, asumió que había tirado el dinero del curso y me llevó con ella a tierra firme. Pero no todo fue en vano, un día, por mi cuenta, me solté y desde entonces paso tanto tiempo en el agua, que ahora soy casi anfibio.



El mes de vacaciones de mi padre nos marchábamos a Gijón con mis abuelos maternos. Recuerdo que por aquél entonces no existía túnel con la meseta y había que subir el puerto de Pajares, una auténtica prueba de fuego para los Renaults 4 que teníamos, el conocido como 4 latas. Hoy en día, que me parece insoportable si se estropea el climatizador, no puedo imaginar cómo sería aquello, donde para refrescarte, sólo podías abrir las ventanillas o unas trampillas que tenía debajo del parabrisas. Y es que entonces, el viaje era parte de la aventura.



Mi madre, siempre precavida, le daba a todo un sentido didáctico, así que para que no nos perdiéramos en la enorme playa de San Lorenzo, nos enseñó las banderas que ondeaban en el paseo marítimo y nos decía la que teníamos que buscar: “recordad que hoy estamos debajo de la de …” y así ya sabíamos acotar la búsqueda de nuestra familia, porque por esa épocas apenas había 2 ó 3 modelos de sombrillas. Aunque todo sea dicho, sólo aprendí las de unos 5 países, porque bajando siempre por la misma escalera, mucho no nos podíamos alejar.



Algunas tardes mi padre se empeñaba en llevarme a pescar al río. Eran otros tiempos y se podía pescar donde y cuando se quisiera. A mí me parecía muy aburrido y como se me iba el santo al cielo, ante la desesperación de mi progenitor, estaba más pendiente de la gente que pasaba que de ver si se tensaba el sedal. Incluso recuerdo que cuando me dejaba lanzar el anzuelo, era más probable que se enganchara en unas ramas cercanas o en mis pantalones a que cayera en medio del río. Ante lo aburrido de aquello y la intranquilidad de imaginar el anzuelo clavado en mi culo, le dije a mi padre que casi prefería dejar de hacer “cosas de hombres”, e irme a la playa con las mujeres.



De vuelta de la playa  al apartamento, había un bar que tenía una máquina expendedora de tabaco en la fachada. Por mi altura, la mirada me llegaba justo a la ranura del cambio y recuerdo con especial ilusión, el día que me encontré olvidada la enorme fortuna de 8 pesetas, que invertí sabiamente en el quiosco cercano. Ya no había día que no pasara que no mirara a ver si también había suerte. Los veranos siguientes, seguía mirando, aunque como iba creciendo ya me tocaba inclinarme.



Durante mi infancia y adolescencia también fue muy normal que me enviaran a algún campamento, pero eso ya lo dejaremos para el siguiente capítulo.