Zenda: Cuentos de Navidad

NOCHE DE PAZ




Al señor Gómez no le gustaba nada la Navidad. Nunca la apreció mucho, pero desde que se quedó viudo, hace ya más de 20 años, la detestaba por completo. No podía soportar el ruido de los petardos, la cantinela de los niños de San Ildefonso, las calles y tiendas abarrotadas de gente, las luces que adornaban la ciudad en esas fechas, y en general, la marabunta alborozada que recorría la ciudad.



Este año, todo indicaba que iba a ser igual. El Sr. Gómez se resistió a celebrar la Navidad, pero finalmente, un instinto interior le hizo cambiar de idea. Ya estaba cansado de estar solo en casa, cenando de lata, mientras de los hogares de alrededor le llegaba la algarabía navideña. Era 24 por la tarde, se vistió y salió a la calle. Esquivando a los transeúntes que pululaban a miles, llegó a la tienda de los chinos donde compró un abeto de plástico y un montón de luces con las que iluminarlo. A continuación, se encaminó a su tienda de toda la vida donde compró cochinillo del que viene ya preparado para meter directamente al horno. El tendero, conocedor de sus costumbres, quedó gratamente sorprendido de aquel cambio. Pensó que se habría decidido a invitar a alguna de las viudas de su edificio, pero él, discreto, simplemente le deseó una feliz Nochebuena mientras le entregaba el paquete son su cena.



Ya en casa se entretuvo un buen rato montando el árbol y decorándolo con guirnaldas, bolas de colores y el montón de luces que había comprado. Pasadas las 8 fue a la cocina para preparar su cena, encendió el horno, y tal y como decían las instrucciones, lo puso a 250ºC. Marchó al comedor para poner la mesa y cuando apenas había extendido el mantel y colocado los cubiertos, todas las luces de la casa se apagaron. A tientas encontró una vela y con la ayuda de su luz manipuló el diferencial, pero no hubo manera de reparar aquello. Se asomó al patio y vio que todas las luces de las cocinas ahora estaban apagadas. Desde el balcón del comedor, la única iluminación que se veía eran los faros de los vehículos. Ni los escaparates, ni las farolas, ni los adornos navideños.



El apagón era generalizado. EL horno del Sr. Gómez, fue la gota que colmó el vaso de la obsoleta y sobresaturada red eléctrica de la ciudad, que no pudo soportar más la alta demanda de esas fechas.



Sin electricidad, los comercios no pudieron permanecer abiertos y los viandantes emprendieron la vuelta a casa en los autobuses que todavía circulaban. En su edificio, el ascensor centenario no se pudo utilizar, evitando todo el ruido que provocaba. Al subir por las escaleras, los niños ya no llegaban corriendo dando zapatazos y gritando. Sus padres lo hacían sin aliento y en silencio. Algunos móviles se quedaron sin batería y sin opción a recargarlos, por lo que el incesante sonar de teléfonos y conversaciones que cada año se escuchaba por el patio, apenas se produjo. Las televisiones y consolas no podían funcionar, así que muchos niños, aburridos sin su entretenimiento electrónico, se dormirían pronto sin pelearse por el mando ni chillar por sus logros.



Con serenidad, el Sr. Gómez corrió las cortinas del comedor y colocó su sillón favorito enfrente.  Abrió su tradicional lata de sardinas, y disfrutando del cielo estrellado, que antes las luces navideñas impedían apreciar, se preparó para celebrar, una verdadera noche de paz.