ZENDA: Historias sobre el cambio climático. 2715

 


Año 2715. Mi familia y yo llevamos deambulando sobre la arena lo que me parecieron horas. Estaba ardiendo y nos quemaba cuando algún grano entraba en contacto con nuestra piel. Mi mujer, cuyo sentido de la orientación era mejor que el mío, lideraba la comitiva. Mis hijos iban tras ella, a distancia, dando tumbos, incapaces apenas de mantenerse erguidos y preguntando cada poco cuanto faltaba. Yo caminaba en último lugar, cargando con nuestros enseres. No eran muchos, pero me pesaban como si cargara un muerto.



El sol estaba en lo alto y sus rayos nos azotaban sin piedad. Notaba su efecto sobre mi piel, ya chamuscada de días anteriores. El poco protector solar que nos quedaba lo habíamos extendido sobre nuestros hijos, cuya piel, más tierna, aguantaba peor los efectos de la radiación. A pesar de llevar gafas de sol y visera, el reflejo no me permitía abrir los ojos por completo. Sentía como las arrugas de mi cara se hacían más profundas.



Mi camiseta se pegaba a mi cuerpo completamente sudado. Por la sien derecha resbalaba un hilillo de sudor que se deslizaba hasta gotear por la mandíbula. Ellos tampoco estaban mucho mejor. En sus espaldas se apreciaba una mancha enorme. Incluso la niña, a la que habíamos recogido el pelo para que no le diera calor, presentaba toda la espalda sudada.



Hacía tiempo que no nos cruzábamos con ningún ser vivo. De hecho, sobre ese paisaje apocalíptico, el único rastro de vida eran unos matorrales semi secos que se aferraban desesperadamente a las dunas intentando extraer de ellas un poco de alimento.



Di un traspiés y caí sobre la arena. Las rodillas me abrasaban, pero no tenía fuerzas para levantarme. ¡No aguanto más! Es la última vez que dejo que mi mujer escoja donde clavar la sombrilla. Mañana nos quedamos junto al chiringuito.
  


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Caramba, ¡si estuve entre los 10 seleccionados! 

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Aquellos Mis Maravillosos Años: Mens sana in corpore sano

 



Como ya contamos en el capítulo anterior con nuestro delegado de deportes y sus soles y sombras, siempre he tenido bastante afición por practicar algún deporte. La evolución ha sido en cierta manera paralela a mi vida social. Comencé con el baloncesto, donde los equipos son de 12 y para jugar una pachanga, al menos nos juntábamos 6 para un 3 para 3. Después ya parecía muy complicado reunirnos tantos y en la universidad comencé con los deportes de raqueta como el tenis y el squash, donde basta con un amigo. Por aquella época también me apunté a un equipo de natación, pero sólo porque era mixto, aunque luego tengo que admitir que me encantó el deporte en sí y no sólo mis compañeras y sus bañadores apretados.



Después de la universidad tuve una remontada en mi vida social y me dio por el pádel, ¡4 jugadores! Y además también mixto. Estuvimos varios años el mismo equipo hasta que una de las chicas se echó novio y entonces prefirió jugar con él…y no sólo al pádel imagino. Fue entonces cuando el equipo se disolvió y continué solo con la natación. Ahora he añadido yoga y pilates, que no es que sean deportes de equipo precisamente, pero ayudan para mantenerme en forma. Para todos los que queráis practicarlos, aparte de las clases presenciales, os dejo un enlace de las que más me gustan. A mí me distrae un poco la profesora, pero cuando ya he visto el video un par de veces, puedo concentrarme en los ejercicios.


Una vez, en un curso de formación, un consultor cuya empresa era además reclutadora, nos dijo que de los posibles candidatos le interesaba saber si practicaban deportes de equipo, porque eso daba una idea de su integración en los grupos de trabajo. A mí esto siempre me pareció una tontería, pero nos encanta lo que suena a americano, que te ponen en el currículum que han sido capitanes de su equipo de fútbol como si ello tuviera más mérito que la experiencia laboral. Además, yo nunca he conocido y tratado más gente que en mis inicios con la natación. Cierto es, que mientras nadas no interaccionas con nadie, pero existe un antes y un después de tirarse a la piscina. En un descanso de la formación, nos dijo que él era muy aficionado a la pesca, y yo puñetero de mí, le pregunté que cómo encajaba eso con lo de los deportes de equipo, que además de actividad solitaria hay que estar en silencio para no espantar las truchas…pocas veces he visto a un consultor sin palabras.



Volviendo a los tiempos de baloncesto. Apenas recuerdo algunos de los integrantes del equipo. Estaba Javi el sucio, un chaval que se ganó el mote porque la noche anterior emitieron en la tele la de Clint Eastwood de “Harry el sucio”, y como por entonces sólo existían 2 canales, la vimos todos. Javi era un chaval cuya “suciedad” no era como la de Harry, sino que se podía pasar lunes, martes y miércoles con la misma camiseta. Quizás no parezca muy exagerado, pero es que, entre medias, teníamos 2 clases de gimnasia, algún partidillo y quizás entrenamiento. Cuando nos tocaba defenderlo, era conveniente no presionarle muy de cerca y ya si levantaba los brazos para tirar, mejor dejar que encestara. Nuestro pivot, Melero, era un tipo grande y algo torpe. Además de crecimiento irregular. De preadolescente nos sacaba una cabeza al resto pero años después somos los demás los que le miramos la coronilla. Sin duda era el que más fuerza de voluntad tenía para entrenar, de tal palo tal astilla. Resulta que de joven, su padre se enamoró de una chica cuyo padre, que era militar, dijo que la niña no se casaba con nadie si no era oficial del ejército. ¿Qué hizo el padre de Melero? ¿buscarse otra novia con un padre menos exigente? Pues no, … apuntarse a la academia militar y graduarse como oficial. Eso es amor y lo demás tonterías.



Otro componente del equipo era Luisma, un tipo muy entusiasta y líder natural del equipo. Su frase favorita era: “Mira, mira, acero para baaarcos” mientras se tocaba su panza enjuta. Había también un par de gemelos. Uno de ellos era un poco mejor jugador que su hermano, así que cuando lo echaban por 5 personales, el entrenador le mandaba cambiarse la camiseta por la de su gemelo y lo volvía a poner en la pista. También recuerdo a Donato, un chaval gordete y con nula destreza, pero el deporte a esas edades debe ser integrador y se acepta a cualquiera en el equipo. Este chico era un tanto peculiar. Su bien más preciado, que llevaba siempre encima, era una foto de su padre vestido de falangista. Sólo se la enseñaba a los amigos más íntimos, pero como a otros chicos del equipo y a mí nos picaba mucho la curiosidad, no parábamos de insistir. Un día por fin lo logramos. Con mucha solemnidad, sacó la foto de su cartera y nos la enseñó. Yo quedé muy decepcionado de ver una foto en blanco y negro de 4 señores vestidos como de militares, porque por aquella época yo ni sabía lo que era un falangista y me imaginé que era algo más folclórico. Esperaba ver a un señor ataviado con traje regional.



Y finalmente estaba yo, que era el escolta-tirador, vamos como Michael Jordan en descolorido, pero sólo de piel, ¡eh!



Con estas cosas de la integración, un día de la pretemporada, nos dijo el entrenador que el colegio había acordado un partido amistoso con un equipo “especial”. Pero lo de “especial” no era en plan “Campeones”, sino más del tipo “El vaquilla”. Y es que nuestros rivales eran unos chicos del reformatorio. Como no les dejaban salir de allí, no se escaparan, tuvimos que desplazarnos nosotros. Todo el equipo tomamos un autobús al extrarradio. A medida que nos acercábamos a nuestra parada, recuerdo que cada vez veíamos gente más rara. Años después, hice amistad con un tipo que tenía la teoría de que en los barrios marginales la gente es mucho más fea, porque los guapos tienen más oportunidades en la vida, tanto matrimoniales como profesionales. Eso mejoraba su estatus y por genética a su descendencia. Pues bien, incluso desconociendo esa teoría, recuerdo que vimos tanto “engendro”, que nunca fuimos tan pegados al entrenador hasta llegar al campo de juego.



Del resultado ni me acuerdo, seguramente perdiéramos, porque no era cuestión de darles una paliza en el campo y que ellos nos la dieran fuera, aunque los chavales contra los que jugamos, no parecían de los más chungos del reformatorio. Tampoco nos robaron el balón. Su entrenador, un hombre muy entregado a la causa, dando constantes instrucciones a los jugadores en cancha y vigilando que los del banquillo apagaran el porro que se encendían en los tiempos muertos. En definitiva, no fue tan terrible como nos lo esperábamos, pero es que los prejuicios son muy malos. Seguro que la mayoría ahora están rehabilitados y todo. Ah, por cierto, los feos eran muy feos y sin prejuicio que valga.



Una vez abandonamos el mini-basket activo, algunos pasamos a ser árbitros. No hacía falta mucha preparación, bastaba con caerle bien al delegado de la federación. Nos dieron una charla de una hora y el reglamento … y ya eras árbitro. Y en eso pasé las mañanas de los sábados durante 3 o 4 temporadas. No tuvimos que salir por piernas en ninguna ocasión, aunque algún padre tocapelotas nos tocó aguantar, de esos frustrados por no haber triunfado en el deporte y que pretenden que sus hijos logren lo que ellos no pudieron. Y todo ello a pesar de que alguna vez sí que hacíamos alguna que otra trampilla. Si en un equipo femenino había una jugadora guapa…estaba prohibido pitarle la 5ª personal, aunque repartiera más que Bruce Lee. ¡Así son las hormonas adolescentes!



Y sin olvidar, que lo mejor del arbitraje era que lo pagaban. Creo recordar que ganábamos unas 400 pesetas por jornada, así que, a final de temporada, cuando cobrábamos, nos juntábamos con una cantidad respetable. Pasábamos por la federación y nos daban un sobre, que aunque no era muy nutrido, a nosotros nos parecía como los que repartía Bárcenas entre sus amigos. Y con nuestra pequeña fortuna, ya estábamos listos para disfrutar del verano.





CONTINUARÁ…