lunes, 5 de agosto de 2019

Aquellos Mis Maravillosos Años: En el colegio

 


Acabamos hace unos meses hablando de los cursos de verano, pero antes de llegar al verano y sus estupendas vacaciones, había que pasar por el curso académico.

Después de estar durante preescolar en el colegio de mi hermana, llegó la escolarización obligatoria. Como los colegios no eran mixtos por aquellos tiempos, mis padres me inscribieron en el de curas cerca de casa. En principio me iban a llevar donde los Jesuitas, como mi primo, pero en un acto de sensatez, pensaron que era más cómodo quedarse en el colegio más cercano. Recuerdo que incluso nos hicieron una prueba de ingreso. Ni idea de en lo que consistió, pero si recuerdo al cura que estaba con nosotros en el aula dándonos las instrucciones. Era un “hermano” de los de antes, que todavía vestía con sotana y parecía tener más años que Matusalén. Tiempo más tarde supe que era el profesor de latín y griego, y por su edad, apostaría que mantuvo interesantes debates sobre filosofía con el mismísimo Platón.

Fue a lo largo de los cursos cuando conocí a los amigos esos “de toda la vida” y que todavía conservo. El intrépido Carlos, que llegó en la preadolescencia cuando a su padre lo trasladaron de ciudad. Javier, que no era digamos muy estudioso. El profesor de inglés, nos confesó que lo ponía en primera fila al lado de otro, porque como éste último se pasaba los veranos en EEUU, a ver si había suerte y se le pegaba algo. Inglés por osmosis, ¡una técnica revolucionaria! Estaba también José Manuel, JM, que era un chico tan listo, que como no había hueco en su curso cuando llegó al colegio, lo pusieron con nosotros, un año mayores. A pesar de ir con un curso de adelanto, incluso destacaba en todas las asignaturas … menos en gimnasia. El tópico del empollón que se cumple de nuevo, aunque él no era gordo ni llevaba gafas. Eso sí, todo lo que tenía de inteligencia racional, le faltaba en emocional. Años más tarde, una mañana de sábado en que su madre estaba haciendo la colada, entró en la cocina y le dijo:
-Mamá, que me caso.
-Ah, ¿pero tienes novia? Fue todo lo que balbució la pobre mujer.
Y así, entre camisetas y calzoncillos sucios fue como su madre se enteró de que pronto iba a tener nuera. De todas maneras, para lo mal que le salió el matrimonio, podía no habérselo dicho y ahorrarle a la buena señora, primero la sorpresa y luego el disgusto.
-Mamá, que el sábado no me esperéis a comer y que me voy de viaje. Te enviaré una postal desde Cancún.

Y para terminar la cuadrilla, Ramón, un tipo que llegó el último año porque en su colegio no había COU y del que podríamos destacar que no era muy espléndido y que tenía un sentido del humor un tanto escatológico.

Poco a poco fueron pasando los años. Clases de física y química con el hermano Tomás y Don Bernardo, que nos enseñaron qué era eso de los átomos, electrones y demás. El Pichi, un profe de matemáticas tan chulo que no podía tener otro mote. La de veces que me temblaron las piernas cuando me sacó a la pizarra a resolver derivadas o integrales. O el de literatura, un hombre tan refinado que se quedó con el “Floro”. Justo lo contrario era el de gimnasia, un sargento retirado de la Legión que pretendía hacer de nosotros auténticos boinas verdes, y que cuando el gimnasio estaba lleno de polvo, era cuando más le gustaba hacernos reptar por el suelo. Creo que las madres del AMPA tuvieron mucho que ver en su despido.

Recuerdo que las clases de música nos las pasábamos escuchando a los clásicos, aunque luego para aprobar la asignatura, de lo que se trataba era de memorizar la vida y obras de los distintos compositores, que nos las daban en fotocopias. En un examen sobre la música del siglo XIX que llevaba con alfileres, el profe nos dictó los compositores a desarrollar y uno de los que cayó fue “camil sen sen” pero ¿quién es ese, me dije?, ¡si no me suena haberlo visto en los apuntes! Imagino que un sudor frio recorrería mi espalda, pero repasé mentalmente todos los compositores y llegué a la conclusión de que se trataba de Camille Saint-Saëns, del que sabía lo suficiente como para defenderme. Menos mal que se me ocurrió pensar que le profe de música podía saber francés y aquello no se pronunciaba como yo lo memoricé. Esto me hace recordar una columna que leí una vez sobre Tuluto III. Contaba el artículo, que un profesor de Jaén hizo un examen a sus alumnos preguntando acerca de este personaje. Se quedó sorprendo cuando uno de ellos respondió que se trataba de un rey visigodo. Pero ¿qué barbaridad es esta? ¡Si he explicado en clase la semana pasada que se trata de un pintor galo! Pero claro, intenta tú pronunciar Toulouse Lautrec en “andaluz” y a ver qué te sale. Al menos el chaval, que no había atendido en clase lo más mínimo, respondió con lógica.

Los curas de mi colegio no es que tuvieran un departamento comercial, pero no dejaban escapar ocasión para captar adeptos. Un día preguntaron en clase quienes estaríamos interesados en profundizar en nuestra fe cristiana, y nos dieron un papel para escribir nuestro nombre y respuesta. Yo, inocente de mí, pensé, que respondiendo que sí, les caería mejor y algún puntillo más conseguiría en los exámenes. Además, seguro que a mi madre, devota ella, le agradaría y algo sacaría también. Pero claro, como los curas no daban puntada sin hilo, a los pocos días nos dijeron que, dado nuestro interés, se crearía con nosotros uno de los llamados “grupos cristianos” que se reuniría todas las semanas. En la primera reunión coincidí con algunos de los chicos con los que me relacionaba, Dios nos cría y nosotros nos juntamos y aunque en principio el tiro me salió por la culata, tengo que decir, que no me lo pasé mal y que el karma me lo devolvió.

En paralelo a todo esto, de dos en dos, uno de los curas nos iba “tanteando” para ver si nos “afiliábamos” a la orden. Este hombre era un poco, llamémosle, cariñosillo. No es que se propasara con nosotros, pero a veces era un tanto tocón, cosa que nos hacía mucha gracia si venía de él, pero que hacíamos en el equipo de baloncesto, que nos tocábamos el culo entre nosotros o con el entrenador cada vez que metíamos una canasta. En aquellos tiempos parece que era lo normal para celebrar 2 puntos. El tema es que cuando íbamos a hablar de nuestra fe, este cura nos llevaba a un saloncito donde había 2 sillones y un sofá. La táctica era sentarse en los sillones, que eran individuales. Mi amigo Luisma, que era listo y maleducado, hacía todo lo posible por entrar el primero y sentarse en el sillón más cercano a la puerta. Yo lo hacía en el del otro extremo y el cura en el sofá. Una vez acabada la charla, Luisma se levantaba corriendo, el anfitrión, dejaba pasar a sus invitados saliendo el último y claro, el culo que quedaba desprotegido en retaguardia era el mío, que era el que se llevaba la palmadita. Poco duraron estas sesiones porque pronto quedó claro que nuestra vocación era nula.

Pero lo de Luisma era normal y se vio cuando fuimos al cine con Gemma, la larguirucha que nos queríamos ligar. Esta vez yo me las ingeniaba para entrar el primero, pensando que él sería educado y la dejaría pasar, quedando ella entre ambos. Pero maleducado o interesado pasaba él delante. Todo esfuerzo en vano, porque no nos la ligamos ni él ni yo, pero siempre yo parecí gustarle más. Lo de Luisma era en cierta manera comprensible, porque no podía ser más rara su familia. Eran 5 hermanos y parecía que uno salía listo y el siguiente ya un poco defectuoso, como que sus padres lo daban todo concibiendo a uno y ya no les quedaban energías para el siguiente. Su hermano mayor, un tipo listísimo, ingeniero aeronáutico de nivel. El siguiente un vago y un jeta que se pasó un porrón de años jugando al mus en el bar de la facultad de derecho y a veces en clase. La chica fue la siguiente, pero es a la que menos conocimos y nunca dio muestras de parecerse a sus hermanos. Luego vino Luisma, que salió listo, quizás demasiado. Por último el Lucas, al que le tocó de nuevo ser un poco tonto, aunque años después es el que mejor se gana la vida.

En esta familia era raro hasta el perro, un “quasi” pastor alemán llamado Rambo, que vino al mundo con alguna tara mental. Cada vez que le decían “ataca, Rambo, ataca” les mordía a ellos, por lo que su función de perro guardián quedó muy limitada. Tampoco era recomendable agacharse a recoger algo de suelo o a abrocharse los cordones, porque en cuando veía a alguien en esa posición, trataba de montarlo. Dicen que el perro se parece al dueño, pues en cierta manera va a ser que sí, porque el Luisma siempre estuvo un poco salido y no se comía una rosca. Y eso que fue de los primeros en tener moto y coche compartido con sus hermanos.

CONTINUARÁ...